Historias de la finca I

31 01 2011

Siempre es bueno recordar de dónde venimos y en mi caso mi familia viene orgullosamente del campo, ese campo que para muchos puede parecer aburrido, acabado y sin oportunidades pero que en realidad es el origen de nuestro país.

Hoy lo he recordado, en un buen viaje que he hecho con mi familia a la finca de mis abuelos paternos en las montañas del municipio de Filadelfia, Caldas.

Cuando somos citadinos, nos es difícil imaginar que muchas cosas interesantes se pueden aprovechar de una buena salida a la región rural. La primera regla que me autoimpuse fue sencilla: nada de tecnología (no celular, no portátil, no reproductor de música pero bueno, sí mi cámara fotográfica). Es impresionante cómo, cuando hemos conocido algunos aparatejos nos volvemos esclavos de ellos. Sí a un buen libro y a mi diario, y a muchas ganas de conversar con la familia.

Siempre uno ha visto  que los abuelos le cuentan historias a sus  nietos; pues bien, iba con la firme intención de escuchar el desenlace de algunos cuentos que ya por ahí había escuchado; el curandero de la familia, el pollo maligno, las brujas, la forma de levantar a los niños en el campo.

Hoy les cuento la primera historia, aquella que habla de las “brujas”. Su existencia es confirmada por casi todos los campesinos  que dicen que eran más hace  años porque  ahora las han espantado mucho. Mi abuelo, Octavio, un hombre que acaba de cumplir 89 años de existencia (ya le va ganando a la esperanza de vida nacional de 75 años) asegura haber sido perseguido por una.

– Abuelo, cuénteme, ¿cómo así que lo persiguió una bruja? – Claro, esas brujas de las que hace años existían. cuando yo era muy joven, tenía como eso de 14 años, me mantenían molestando – Y ¿por qué lo persigue a uno una bruja? – ahh yo no sé, eso son mujeres que se enamoran de uno – En ese caso es posible que varias brujas me hayan perseguido (pensaba yo en mi interior) – Una vez, cuando estaba yo durmiendo profundamente con mi hermano al lado, que tenía un sueño muy pesado, sentí que se me posó encima una persona y acto seguido con las manos me empezó a apretar la cara sofocándome con ellas. Yo forcejeaba, pataleaba, intentaba pararame y sentía que estaba para reventarme. Le daba golpes a mi hermano para que hiciera algo pero eran en vano – Uy, debió haber sido muy terrible – Pero de repente, me soltó y yo logré volver a respirar. Me salvé. Las brujas, además, también hacen que a uno se le pierda el camino. Cuando uno está andando por el monte lo confunden y le cierran el paso. Se me olvidó preguntarle qué hizo para que lo dejaran en paz, así que acabo de quedar desprotegido ante cualquier ataque o persecución de tan singular personaje. 😦

Link de mi abuelito echando cuentos: 

No sólo  historias interesantes encierra el campo sino también unos paisajes hermosos que es un encanto apreciar y un estímulo sensorial completo !cuántas tonalidades de verdes que se pueden distinguir! ¡cuántos animales diversos, desde los grandes hasta los diminutos! ¡tanta variedad de sonidos, muchos de ellos descubiertos sólo ante un silencio profundo!  Pues nada mejor que una caminata para ser testigos de todo ello.

Emprendimos potrero abajo mi padre y yo. No me alcanzan los dedos de las manos para contar los meses que habían pasado desde que había hecho la última excursión tal en medio de la montaña. Lo primero que encontramos fue una linda vista: guaduales, montañas una tras otra, fincas, flores, vacas, terneros. Caminamos cuesta abajo y nos encontramos el primer obstáculo, que era nada más y nada menos que un alambre de púas. Menudo elemento de defensa que el hombre ha creado usando el arma más primitiva, (un chuzo). Para un muchacho como yo no debería significar una gran prueba, pero debí cambiar una cortada con una púa por una buena rasgada de pantalón.  No era un problema mayor, recién comenzaba la caminata y la actitud estaba, una actitud que ni las dos caídas siguientes y la ya embarrada de la ropa pudieron echar abajo. Estaba feliz tomando las fotos que tanta belleza merecía. Cuando uno quiere observar, muchos detalles afloran a los ojos, la araña que acecha su presa, el pequeño bicho que camina sobre el pasto,  la diferencia de formas y texturas de las hojas de los árboles.

Empezábamos a escuchar el shhhhhh que hace el agua cuando fluye libre en forma de arroyo. Ese era nuestro objetivo. Descender no fue tarea fácil, pero lo logramos y nada mejor que la sensación de agua cristalina corriendo sobre los pies y refrescando el cuerpo. Imagínense en estos momentos el sonido del agua lo relajante que es. Así me sentía yo. Fue muy divertida la actividad de escalar las cascadas  y a su vez sentir la adrenalina que algunos peligros representaban, como las empinadas rocas, los pasos en falso, la posibilidad de deslizarse, la sensación de que nos podríamos perder. Pero nada queda grande para quien espíritu de explroador tiene y a feliz término llevamos la experiencia (eso sí, después de quedar con al ropa toda mojada, embarrada, las manos ásperas y picadas). Para finalizar la paseggiata  una araña picó mi mano como queriendo dejarme un recuerdo para llevar de regreso a casa.

Dos pequeños relatos de lo que fue la finca. Valorar la región rural más allá de un deber es un deleite que no podemos impedir tenerlo.  Cuéntenme,¿ tienen alguna buena experiencia en el campo?

Hasta la próxima.

Alejorgito

Nota final: El campo también encierra sus injusticias. Vean el racimo inmenso de plátanos a  continuación. El que menos plátanos tiene cuenta con al menos 30. En la ciudad un plátano nos vale por lo menos 500 pesos, para un total de  15000 pesos por el conjunto entero. Y vena ustedes que al campesino, quien hace el trabajo más arduo, le pagan sólo 3000 o 4000 por un racimo. O sea, el intermediario le hace casi tres veces su precio original, sacándole una buena tajada de casi el 80% del valor. Sólo el ínfimo 20% va para el campesino de la finca.

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